sábado, 27 de junio de 2015

La voz de lo inerte #3: La muñeca de trapo

¿Que qué veo? Veo una mirada triste. Y cuanto más triste me parece, mayor es mi tristeza. También veo una mata de pelo descuidado, pelirrojo, cayendo en capas como alambre sobre mis hombros desnudos. ¿Y el resto? Un deseo no desear. Un quiero no querer, pero no puedo. Y aunque joven, sé que un corazón está condenado a latir en su pecho, a luchar por su existencia y a resguardar aquellos sentimientos que a menudo no tienes con quien compartir. Y cada efímera emoción es un mar de lágrimas que quisiera poder llorar. Y no puedo sino dejar pasar mi tiempo como algo imposible de detener. Como un gigantesco tren de hierro y acero que, tras la estela humeante, mis brazos extendidos señalan al pasar. Todo esto es la observación cuando una se siente triste. La nada reflejada en cada objeto cotidiano. ¿Es eso lo que llaman melancolía? Porque... ¿qué ve una cuando no ve nada?
Es una sensación extraña, como girar tus ojos hacia el interior de tu cabeza. Como querer ver tus pensamientos, tocarlos con las yemas de los dedos y sentir su nostalgia recorriendo cada poro de tu piel. Erizando cada bello. Sus impulsos eléctricos como cosquillas juguetonas escalando tu espalda. Soy una tonta. Lo sé. Ya que no tiene sentido que, ahora mismo, fije mi vista en puntos concretos teniendo todo el plano ante mí. Es la realidad que quiero ignorar, pero me acompaña. Supongo que así evito ver lo que no quiero ver. Aunque por otro lado, todo lo atisbo por el rabillo del ojo, despreciándolo con la esperanza de que desaparezca. Pero no desaparece. Tampoco cambia de forma ni de color. Y es que esa de ahí soy yo. Nada más.
Quisiera tener la fuerza para mirarme abiertamente. No hacia dentro, sino hacia fuera. Quisiera poder girar sobre mí misma y bailar hasta el amanecer, como tantas y tantas veces he hecho en mi imaginación. Pero no puedo. Siempre un no puedo. Estoy demasiado triste para poder. No sé por qué lo estoy ni cuánto tiempo durará este estado. Tampoco cuándo he empezado a sentirlo. Gracias al cielo, nada es para siempre, excepto el amor. O eso dice mi amiga. Ella es el centro de mi mundo. Es el sol de mi galaxia. Y lo sabe, porque se lo he susurrado mil veces al oído, mientras dormía, y al hacerlo, he visto cómo se giraban sus labios en una sonrisa. Es tan bella... Y sus labios tan tiernos y sonrosados... Es una coqueta. Y se contonea a menudo ante este mismo cristal. Se mira y se sonríe como una boba.
Ilustración: St.Moony
A veces también me mira a mí, y me guiña un ojo, por eso sé que aún somos amigas. Sin embargo, yo soy incapaz de dirigirle la palabra. De abrazarla como hacía antes. De acompañarla a todas partes. Porque algo ha cambiado entre nosotras y ninguna de las dos quiere reconocerlo. Tenemos miedo a enfrentarnos a la realidad. Por eso ya no hablamos. Echo de menos el viento sobre mi cara, cruzando el jardín en lo alto de sus brazos. Su risa pícara mezclándose con el rumor de los árboles. Sus secretos a voz baja. Sus arrumacos. Sus caricias. Porque yo la quiero. Y sé que ella me quiere a mí. Pero las cosas son diferentes ahora.

Enlace a la publicación en PontevedraViva



sábado, 20 de junio de 2015

La voz de lo inerte #2: El zapato

Una vez escuché una conversación que despertó mi atención por el hecho de referirse a mí. Bueno, no a mí en concreto, sino a uno de los míos. En realidad, fue parte de una bella metáfora con la que el sujeto uno, que era mi portador, exponía al sujeto dos el razonamiento de cierta mentalidad en referencia a no sé qué religión. Creo que trataba de explicarle el punto de vista necesariamente común de todas las religiones, o algo así. Lo importante es el hecho de que haya sido yo objeto de un símil capaz de engrandecerme como a un dios por un momento. Sueño de todo mortal. Antes de nada, pido permiso a este sujeto número uno para reproducir aquí la conversación, si acaso pudiera este alguna vez ser consciente de mi existencia más allá de lo inerte:
Sujeto 1: ¿Puede obtener pruebas el hombre de la existencia de un ser superior, de un dios?
El sujeto número uno es un hombre de edad. Con blancas canas que adornan su todavía profuso cabello y una mirada inteligente, por siempre sumida en la reflexión. Y cuando, por momentos, asciende al mundo real, sonríe y echa un vistazo al sujeto número dos.
Sujeto 2: No de forma material.
El sujeto número dos es un hombre joven. Repantigado su cuerpo en la silla y ligeramente fruncidos sus ojos en expresión arrogante. Además, lleva unas chanclas despreciables, de esas que estrangulan el pulgar y que ni son zapatillas, ni zapatos son.
Sujeto 1: Lo cual no significa que no exista materialmente.
Sujeto 2: Si tiene forma material, podemos verlo. Y si podemos verlo, ya tenemos solucionado el asunto. No es el caso. Nadie ha visto nunca a Dios que haya podido demostrarlo.
Dicho esto, sonríe.
Sujeto 1: Tal vez tú mismo lo hayas visto en multitud de ocasiones a lo largo de tu vida y no hayas podido ser consciente de ello ni una sola vez.
Sujeto 2: Explícate.
Sujeto 1: Me refiero que, estando delante de tus mismas narices, te fuese imposible advertir su presencia.
El sujeto dos toma una calada de su cigarro y expulsa el humo con desprecio. Aprovecha para hilvanar su respuesta, pues tampoco él carece de cualidades.
El sujeto uno entremezcla sus reflexiones con la observación del humo azul al disiparte en la brisa. Su mirada perdida en la nada. Ascendiendo por momentos para atisbar de reojo la reacción de su compañero de café.
Sujeto 2: Entonces acepto que es material, pero también invisible. O no perceptible desde nuestro rango de visión, lo que nos lleva a la rama científica y nos aleja de la teología.
Sujeto 1: Tal vez sea demasiado grande.
La réplica toma al sujeto dos desprevenido, y esta vez es el replicante quien sonríe. Se establece un silencio meditabundo y el sonido de la uña rozando contra la barba. Una de las despreciables chanclas a punto de desprenderse del pie alzado sobre la rodilla contraria.
Sujeto 2: De igual forma que la hormiga no es consciente del zapato ni del hombre que lo calza.
El sujeto uno asiente complacido. Tal y como esperaba, su compañero no le ha defraudado. El joven arrogante continúa. Y la chanca se cae al suelo haciéndome estremecer.
Sujeto 2: La hormiga no advierte su presencia por ser esta millones de veces más grande que ella.
Sujeto 1: No tiene ni idea de qué es aquello con lo que acaba de toparse.
Sujeto 2: Ni le importa.
Sujeto 1: Así que, simplemente se da la vuelta y se va.
Sujeto 2: Exacto.
Ilustración: St.Moony
He visto muchas cosas balancearse a toda prisa ante mí y he recorrido cientos de metros. Quizá miles. Ahora estoy en la oscuridad de un lugar incierto. Como en la novela de Fred Vargas. Solo que aquí el innecesario aire está enrarecido y la carcoma adorna el silencio con su rumor. Es un cementerio hecho con los de mi especie. Pero da igual. Lo importante es que, al menos por una vez en mi insignificante existencia he sido Dios. O al menos portado por un dios. Un dios para alguien, a pesar de que ese alguien no sepa jamás de su existencia.


sábado, 13 de junio de 2015

La voz de lo inerte #1 El espejo


A nadie le gusta su propia imagen. Bueno, a casi nadie. O por lo menos no a todo el mundo en todo momento. Creo que depende del estado de ánimo y del físico en sí. Aunque también es cierto que el físico cambia a los ojos dependiendo del estado de ánimo y el estado de ánimo se condiciona a su vez por el físico.  Está claro cuál es problema: Los ojos. Ahora en serio. En general, a las personas no les gusta su propio cuerpo. Esa es una verdad infalible. Y mucho menos reflejado. Como si la culpa la tuviéramos nosotros. Como si el resto del tiempo fuera de otra manera por el simple hecho de no observarse más que desde la perspectiva de sus propias narices. Desde lo alto. Esa perspectiva casi nunca es mala. Porque si lo es desde allí… mal asunto. Y es que siempre encuentran un millar de cosas que quieren cambiar sin darse cuenta de que, si fuesen de otra manera tal vez quisiesen que fuera de una, y si fuesen de una querrían retornar desesperadamente a la otra. No te digo nada si ampliamos la variante en tres o cuatro. Lo sé porque las personas hablan cuando se creen seguras en su intimidad.

Ilustración: St.Moony
Bueno, y más cosas que no vienen a cuento. Por eso puedo decir sin temor a equivocarme que la mayoría de esas veces ni siquiera tienen intención de hacer nada por cambiar nada. Como si una estricta norma se lo prohibiese. No tocar la variante más que con la mente, como en ajedrez. «Pieza tocada, pieza movida» Un riesgo comprensible. Como si lamentarse no fuera ya tarea considerable. Creo que la explicación de dicha aptitud o ineptitud está en armonía con los pensamientos. No me refiero a los pensamientos particulares de cada uno, sino a las cualidades del propio pensamiento. Siempre en constante evolución, o involución, según se mire. Dejémoslo en la definición benévola de: siempre cambiantes. De casilla en casilla. Sin capturar ni contar veinte. Unos tardan más y otros menos, pero todos se trasladan al escaque siguiente con los años, los meses, las semanas, los días, los segundos, los microsegundos, los nanosegundos… En cualquier dirección y de uno en uno. Como el rey. No se quedan quietos, no señor. Mutan a cada detalle nuevo advertido, con cada comentario escuchado o a cada soplido de la brisa sobre la veleta en lo alto del tejado. Como un virus escapando de su antídoto. Es la verdad. Se creen especiales, diferentes los unos de los otros, pero lo cierto es que están hechos de la misma puñetera pasta. Con pequeñas diferencias, pero de la misma pasta.
Y eso no suele gustarles nada.

Enlace a la pubicación en PontevedraViva