sábado, 25 de julio de 2015

La voz de lo inerte #7: Quisicosa

Mis lágrimas son de cristal líquido. Cálidas y silenciosas, sobre mi tronco se deslizan. Le dan forma. Lo acarician. Lo destruyen. Siembran en él un sinfín de marcas y cicatrices que, como venas abultadas, se retuercen en su descenso hacia el fin. Se perpetúan. Se congelan. Señalan el lugar donde he de desaparecer para siempre. Donde me veré reducido a una mancha informe sobre un fondo de porcelana. Quizá sobre latón.
¿Sabéis quién soy? ¿Qué soy?
Puede que te hayas hecho ya una imagen visual de mi cuerpo. Pero, a no ser que poseas una lógica excepcional, que hayas dedicado a esas once frases un tiempo excesivo y a todas luces ilógico, o que, simplemente, hayas tenido la suerte del principiante, todavía no conoces mi identidad. Por lo que continúo:
Mi aliento es dulce, huele a antiguo y recuerda a tiempos oscuros. Tiempos pasados. Melancólicos para algunos. Siniestros para otros. Pero siempre cercados de insondable oscuridad. Siempre oscuridad. Un olor que, como el viento, transporta respuestas cuyas preguntas se obcecan muchos en no formular jamás. En sumir en lo más profundo del olvido. Hay quien dice que mi cenit inflamado, en lo alto de mi brazo extendido, contiene el poder de traspasar la barrera de los mundos. La frontera por excelencia. O al menos de inducir la magia necesaria. El clima apropiado para que el ritual pueda llevarse a cabo. Pero también dicen que su energía es tan fuerte que no deja de consumirse a sí mismo. Consumirme. Entregarme para que sea pasto de mi propia llama. Y esto último es desgraciadamente cierto. En cuanto a lo otro… ¿Quién soy yo para negar las cualidades que mil hechiceros, nigromantes, encantadores, brujos e ilusionistas me han atribuido a lo largo de los siglos? ¿Quién soy yo para negar su erudición?
¿Sabéis ya quién soy? ¿Qué soy?
Si la respuesta es «sí» comprenderás mejor mis siguientes palabras. Si es «no»… entonces tal vez te parezca un galimatías. O tal vez veas «la luz». Puedo decirte que mi nombre está hecho de cuatro letras.
También dicen, en este caso acertadamente, que mi resplandor es débil y mortecino, y que su halo circular se quiebra ante el más ligero temblor de manos. Ante el efímero soplo de un objeto al moverse. Ante la danza suave y seductora de una cortina y su ventana abierta. Y que tras proyectar las sombras de todos ellos retoma de nuevo su forma original. Siempre retoma su forma. Lo hace porque no puede no hacerlo. Lo hago para protegerte de la oscuridad. Muchos aseguran que las entrañas de mi luz conducen allá donde la vida se desmorona. Que transporta al lugar donde la existencia, ya resignada, baja los brazos en gesto de rendición. Allá donde la vida, consumida y consumada, deja por fin de ser vida.
¿Sabéis ya quién soy? ¿Qué soy?
Sé que la respuesta es un «sí» rotundo. Ni se me ocurriría pensar lo contrario. Pero comprenderás que la mecánica del juego me obliga a seguir estas pautas un tanto ridículas. De todas formas, es mi juego, y por supuesto, nadie te obliga a jugar ni a seguir leyendo. A ti que deseas continuar te diré que, es la vigesimotercera letra del abecedario, y decimoctava de sus consonantes, la que encabeza mi definición.
Hoy, en estos tiempos nuevos de crueldad y progreso, he visto mermada mi condición de «objeto místico» hasta casi la extinción. Mi misterio perdido en algún lugar del camino. Mi alma, por siempre afligida, ya no despierta emociones, miedos, ni sentimientos. Ni siquiera un miserable escalofrío en un niño. Tampoco acaricia a los amantes en la intimidad de su alcoba. Ni excita las imaginaciones de los coloquios de amigos a plena noche. Y por ello se me entristece el corazón. Se desvanece el enigma de mi existencia con cada golpe del minutero. Con cada paso hacia un futuro incierto.
¿Sabéis ya quién soy? ¿Qué soy?
Porque, entre tanto sinsentido, entre tanto navegar en mil y un recuerdos, en perderme en el qué pudo ser y el qué será, siento que ya no soy lo que era. Que ya no sé quién soy. Ni qué soy. Porque ahora sé que no soy nada.
Al menos, estoy seguro de que tú sí lo sabes.
Apenas el culto de unos pocos devotos mantiene viva mi leyenda. Mi luz alumbra los sitios sagrados que todavía se erigen. Una luz, la mía, que aún contiene oraciones y plegarias en su seno. También los rezos y las esperanzas. Que es luz hecha con la fe de los que todavía creen. De los de antes. Y de los que han seguido sus pasos.
Por desgracia «los otros» constituyen la mayoría. Hablo de los insolentes y los despiadados. De aquellos que recurren a mí ante vulgares emergencias y ridículos contratiempos. Y me humillan en un capricho pasajero. En un desfile. En una sorpresa que no sorprende, o en una celebración que no celebra, ni tampoco ilusiona. Y veo con ojos abatidos a mis dulces secretos, enterrados. Desterrados de su protagonismo. Ocultos por siempre a plena luz del día.
¿Sabéis ya quién soy? ¿Qué soy?
Porque yo ya no tengo ni idea.
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Ilustración: St.Moony

sábado, 18 de julio de 2015

La voz de lo inerte #6: La pistola

A veces uno no se imagina el alcance que tendrán sus acciones. Sucede esto porque la mitad de ese «a veces» la trascendencia es insubstancial. Intrascendente. Y en la otra mitad el hacedor jamás llega a descubrirlo, dado lo particular de la vida humana, tan poderosa en conjunto, pero tan frágil y breve en su ser individual. Por eso los logros notables de cada uno casi nunca llegan allá donde la imaginación creadora ha establecido sus bienintencionados objetivos. Bienintencionados.  Enfatizo porque hemos de suponerlos de ese modo y así hacer justicia en términos generales. Y es que nunca el trabajo culmina, si de arte y ciencia hacemos referencia, donde el artista o científico había supuesto su fin. Su objeto común. Porque siempre encuentra uno la continuación terrible a las acciones comenzadas por el ingenuo inventor o descubridor. Llámese malicia.
Y en cuanto a ingenuidad, sabed que ni siquiera los recorridos y sus direcciones responderán jamás a los designios que en un principio se establecen. Siempre se corrompen. Se desnaturalizan. En el mejor de los casos, los caminos que el artista y su obra habrán de recorrer serán escogidos por sus musas, llámese inspiración, pero ángeles de cárdena luz salidas de las cristalinas aguas de alguna fabulosa fuente, que es la imaginación, con su carácter caprichoso y espontáneo a cuestas y sus movimientos gráciles y delicados, siempre henchidos de evocación y nostalgia. Porque el creador no es tal, sino una herramienta de cuya elección ha de sentirse privilegiado. Así ha de ser. Y en el peor de los casos, la cara B de la moneda, serán los rayos y centellas en la metáfora, pero explosiones mentales en la realidad, ambos producto de las tormentas que siempre acucian a toda alma mortal en algún momento de su efímera existencia, digo pues, que serán sustitutos del lucero del alba. Del guía divino. De la estrella de oriente y su poesía.
Y mi pregunta es: ¿han de sentirse responsables las manos que empuñan la espada, tal vez víctimas de la humana tentación o de la ira? ¿La propia espada en sí, objeto inerte que nada puede hacer para conducir sus actos? ¿Ha de hacerlo aquel que ha empleado el martillo y el yunque para forjar el metal y templar el acero? ¿El cáñamo, quizá, poseedor de vida en otro tiempo y que envuelve ahora la empuñadura? ¿O la pluma que de ella pende? Ninguna de las opciones sino tú. Nadie más que tú lo hará, padre mío, que me has traído a este mundo para ejercer de dios. Para exaltar las sensaciones hasta su extremo. Para sembrar la eterna injusticia entre los hombres.
Y testigos seréis vosotros, corazones afligidos, aquellos que resultéis sobrevivientes a este terrible encuentro. Para vosotros que, postrados e indefensos como estáis ante mi boca de fuego, tengáis la suerte de salir indemnes al capricho del azar. A la rueda de la fortuna. A la casualidad. Al giro de la ruleta rusa.

sábado, 11 de julio de 2015

La voz de lo inerte #5: El vaso

A mi derecha un hombre. A mi izquierda una mujer. Y los seis conversan entre sí. ¿Tiene esto sentido?
Lo tiene:
Dicen los filósofos que todo está sujeto al determinismo. Que todo hecho es relativo. Absolutamente todo, con el rigor que estas dos palabras aúnan, ha de ser dispuesto al infinito abanico de posibilidades del juicio de cada ser pensante, y este a su vez razonado con el de otras entidades para llegar a un mutuo acuerdo. De ese modo, sucediendo la mayor parte de las veces de forma tácita, se alcanza una definición general que ha de ser respetada por el conjunto. Pragmatismo y civilización. No obstante, uno mantiene su derecho natural a la discrepancia. Su derecho consuetudinario de defender ante un igual su punto de vista mientras no pierda este su mera cualidad de opinión. Y es que la opinión se ha creado con el acertado propósito de calmar el alma de las personas, cuyas vidas han de cosechar ineluctablemente infinidad de discordancias e injusticias a lo largo de su existencia. Y no podrán decir «no podemos hacer nada», porque uno siempre puede ser escuchado.
Siempre puede opinar.
Y la tormenta se apacigua en sus corazones
resignados,
guareciéndose de remordimientos y frustraciones
                             hasta la próxima vez,
que viéndose condenados,
sienta uno en su tez
la necesidad de armarse y defenderse atendiendo a razones.
Con nosotros, vulgarmente conocidos como «cosas», todo es más sencillo. Nuestras proporciones están bien definidas, como también el objeto de nuestra existencia y los materiales que nos conforman. Uno está hecho para lo que está hecho y no se encuentra ahí tema de discusión. En mi caso, he sido creado para contener y trasportar líquidos o cualquier otro material que tenga cabida en mi interior. También como objeto decorativo, arma arrojadiza y otras funciones menores. Pero podemos decir sin temor que la lista de utilidades que se nos adjudica es tan finita como las veces en que un ser de carne y hueso, y además racional, se para a pensar en lo que tiene delante de sus protuberancias olfativas, atrofiadas con respecto a otras especies, por cierto.
No sé cómo lo sé, pero lo sé.
Érase un hombre a una nariz pegado.
Érase un elefante bocarriba
.
Por supuesto, muchas de esas funciones que se nos atribuyen son menores y completamente inútiles. Aunque también eso es relativo. Y podría seguir así durante los cuatrocientos o quinientos años que se me estiman de existencia. Y podéis creerme que no me aburriría. No voy a hacerlo con vosotros, si es que no lo he hecho ya.
Apoyado sobre una mesilla entre dos divanes me entretengo en la escucha de una conversación, origen del tedio que acabo de explayar. Me acompaña otro de los míos, justo a mi lado, sumidos ambos en el silencio que se nos supone. ¿Por qué me he parado en esta reflexión? Ha sido al darme cuenta de lo extremadamente complejo que tiene que suponer albergar una vida inteligente y racional.
No como la vacuidad que nos caracteriza a nosotros. Ya lo dijo el zapato, el interruptor, el espejo…
Es lo que hay.
A mi derecha un hombre. A mi izquierda una mujer. Y los seis conversan entre sí. ¿Tiene esto sentido?
Lo tiene:
El hombre se ve a sí mismo de una manera concreta, singular, que no es la manera en que la mujer lo ve, ni probablemente tampoco la que realmente es. Con la mujer pasa otro tanto de lo mismo, lo que nos da un total de seis personalidades distintas y dos vasos en el salón. ¿Son pareja? No lo son. Los vasos sí lo somos, pero en otro sentido de la palabra. ¿Que cómo lo sé? Si así fuese la conversación tendría lugar entre ocho, en vez de seis, ya que una persona no es la misma ante su pareja que ante otra cualquiera. Y hubiese bastado un solo vaso para compartir, si bien solo ocurre esto durante las fases tempranas de la relación amorosa. Porque en los principios se trata de compartir lo máximo posible aunque sea inútil o pueril. Y si hubiese una tercera persona presente en ese salón, un tercero en discordia, omitiendo sus personalidades propias y en el supuesto de que los protagonistas fuesen pareja, tendríamos que añadir un comportamiento más por barba, ya que uno no actúa con su pareja de igual forma en público que cuando la intimidad los cobija. Tendríamos entonces diez personas y dos vasos. Uno de ellos para compartir.
Y si no fuesen pareja seríamos tres vasos.
Lo cual nos deja claro que solo son seis personas.
A mi derecha un hombre. A mi izquierda una mujer. Y los seis conversan entre sí. ¿Tiene esto sentido?
Lo tiene.
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Ilustración: St.Moony

sábado, 4 de julio de 2015

La voz de lo inerte #4: El interruptor

A menudo sucede que no sucede nada. Digamos que es este un estado continuo de inactividad que, si me lo permitís, quisiera calificar de suceso por el mero hecho de que no sucede ninguna otra cosa. ¿Pueden imaginarse la eterna monotonía? Les aseguro que es terrible. Lo más terrible que he experimentado nunca. Imagínense también a esa monotonía con la condición adquirida de vacuidad. La condición que el lento pasar de los años va apuntalando sobre tus hombros, metafóricamente hablando. ¿Pueden sentir el peso cada vez mayor? ¿Pueden notar su presión insertándoos cada vez más en la grieta que se abre paso en la pared? Yo, desde luego, la siento muy bien. Y no podría ubicarla en un lugar concreto de mi cuerpo, uno en el que todos pudiéramos sentirnos identificados, porque cada uno tiene su propia grieta. Solo la siento y nada más.
A veces sucede que uno desea casi desesperadamente que ocurra algo. Cualquier cosa. No importa si es buena o mala con tal de que tenga lugar. Porque todo hijo de vecino necesita ser testigo de algo al menos una vez en su vida. Necesita algo que contar. Algún hecho acaecido. Lo que sea. Incluso una tragedia es bien recibida. Sobre todo una tragedia. Sí, sobre todo eso. Lo digo, porque sé de buena tinta que lo malo es más proclive a ser recordado que lo bueno. Si lo sabré yo. E incluso me atrevería a afirmar que las buenas acciones permanecen más tiempo en el recuerdo de quien las hace que en el beneficiado. Ayudan al hacedor más que al favorecido por el hecho de que dan un sentido a sus vidas. Les hacen sentir mejor. Y también porque a lo bueno cuesta muy poco acostumbrarse. Y porque acostumbrarse implica olvidar un montón de cosas. Cosas buenas. Cosas importantes. Eso también es así, y nada más.
¿Y si no tienes la oportunidad, la bondad, o simplemente no sabes cómo ser un buen samaritano? Siempre puedes decirte que uno solo es uno, y que uno solo no puede controlar ciertas cosas de su vida. Para más de la vida en general. Puedes alegar que no te apetece, que todo es complicado, o que tal vez no seas una buena persona después de todo. El cuento típico autocompasivo diría así: «sé que no soy buena persona, o que no lo estoy haciendo todo lo bien que pudiera, por eso estoy triste y desanimado». Y el cuento típico, completo y desnudo, diría lo siguiente: «sé que no soy buena persona, o que no lo estoy haciendo todo lo bien que pudiera, por eso estoy triste y desanimado, pero tampoco tengo intención de mover un triste dedo por cambiarlo, porque si lo hiciese dejaría de no ser bueno». Eso suele funcionar cuando existe un amor fuerte o reciente de por medio, cargado de una excesiva comprensión y un saco para llevarla. Al menos al principio. Como si el admitir que uno es malo ya te convirtiese en bueno y te diese, de paso, licencia para seguir siendo malo. Y como esa, mil y una excusas. Si es que no se consuela quien no quiere.
Cuando uno se agarra a algún hecho inamovible, o se convence a sí mismo de que lo es, entonces no importa ya la función para la que hayas sido creado. Todo defecto se purga con unas cuantas abluciones de nada. Y entonces es cuando uno necesita de algo que contar. Conseguido esto, las cosas cobran inmediatamente otro cariz. Todo se ve a través de un filtro de color diferente al que estabas acostumbrado. Un filtro de distracción. ¿Y qué más da si no tienes a nadie con quien compartirlo ni a quien contárselo? Tanto mejor. Así puedes explayarte en tu experiencia tantas veces como quieras sin temor a ser repetitivo o molesto. Recrearla. Agarrarte a ella como clavo ardiendo e incluso tergiversarla las veces que te apetezca. Porque a las personas les molesta que uno repita la misma cosa sin cesar. Les aburre. Está en su naturaleza. Eso es así y punto. No como nosotros, los inertes. A veces, como el zapato, uno es testigo de un simple diálogo, que por un casual llama tu atención. Otras, presencias el típico encuentro amoroso del sábado por la noche, una reunión de amigos que acuden a emborracharse y a fardar de lo que carecen, o cualquier otra cosa inútil. Fruslerías. Pérdida de tiempo incluso entre la tortura de la vacuidad. Si tienes suerte, tal vez hagan referencia a ti en algún momento, te mencionen o te señalen. O tal vez te usen para agredir a alguien. Eso no estaría mal del todo… pero todavía insuficiente. Yo necesito mucho más que eso. Es preciso sentir una implicación relevante. Si puede ser, protagonismo absoluto.
Para concluir diré que, por lo mencionado, y aunque la casa en la que habito esté ahora deshabitada y probablemente así se quede durante mucho tiempo, yo estoy radiante. Feliz. ¿Veis esas dos manchas rojas sobre mi cubierta? ¿Esos dos trazados perpendiculares con forma de X? Es sangre humana. Pedacitos moribundos de ADN aspergido, impregnados de glóbulos blancos, rojos, y Dios sabe qué más abominaciones. Seguro que también contiene la huella dactilar del protagonista secundario de esta historia. Porque el principal he sido yo, por supuesto. ¿Cómo iba a poder cometer nadie un crimen a plena luz eléctrica? ¿Cómo iba a poder un asesino sorprender a su víctima sin mi colaboración? ¡Imposible! Porque no he sido un simple testigo ocular, ni siquiera cómplice o encubridor, sino verdugo, brazo ejecutor, elemento clave. Eso es lo que he sido, y esta es mi historia. En el momento justo he sentido un dedo palpitar sobre mi piel. Sobre mi coraza. Accionado todo el peso de su humano cuerpo sobre mi espalda. Toda su rabia impresa en un único gesto. Sus ojos brillantes observándome a pocos centímetros. Ha sido apenas un escalofrío. Un instante breve pero delicioso, codicioso, irrepetible. Y con la velocidad del rayo he desenlazado mis brazos de cobre interrumpiendo la energía. ¡Luces fuera! ¡Luces fuera! Y con ellas la única esperanza de la mujer de sobrevivir al ataque del hombre. ¿O fue al revés? ¡Qué más da!
A menudo sucede que no sucede nada. Digamos que es este un estado continuado de inactividad que…
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Ilustración: St.Moony