martes, 19 de julio de 2016

ISABEL

Al otro lado de los cristales se agita el crudo invierno, sibilante, furioso, lanzando su oscuridad por todas partes a pesar de que ya son las nueve y media de la mañana, escupiendo sus finísimos copos de nieve al viento, como fantasmas, imponiendo su gelidez allá donde alcanzan sus brazos. El invierno es sobrecogedor, a veces. Te encierra en ti mismo, te constriñe, convierte tu amplio plano de visión en un cuarto oscuro, te hace pensar. Y con la soledad como único compañero, pues más se piensa, más se mete uno en sí mismo, más se sobrecoge, a veces. No sé en otros lugares, pero aquí uno no puede menos que pensar y sobrecogerse. Y tiritar de frío. Porque este lugar es una nevera que trato de contrarrestar con algunos calentadores eléctricos puestos aquí y allá. 



Al final del pasillo mal iluminado está la oficina de la agencia MYB. Si uno pasa de largo las dos puertas acristaladas a la derecha que dan a los despachos de Alejo y Juan, los detectives, si uno sigue el eco de sus propios pasos por las baldosas del suelo, entonces llega a mi lugar de trabajo. No es un espacio demasiado grande, demasiado pequeño ni tampoco demasiado alegre, pero yo no me quejo. Aunque si quitásemos el armatoste de la máquina dispensadora de café que nadie usa y moviéramos un poco la botella de agua podrían ponerse unas cuantas de esas sillas de plástico ancladas a la pared, a modo de sala de espera. Tal vez una mesa pequeñita y un revistero. Así los clientes no tendrían que esperar de pie a que alguno de los detectives los atendiesen. Aunque la verdad, tampoco hay muchos clientes y cuando viene alguno nadie, excepto Alejo en algunas ocasiones, encuentra motivo para hacerlo esperar.
Mi escritorio es amplio y lo mantengo siempre limpio y ordenado, de otro modo me produce ansiedad y agrava un poquito más mi problema. Mi problema. Aunque hace años que no lo considero grave. Ya os hablare de él y de cómo Alejo se ocupa de que me sienta una persona normal y corriente. Pero hablaba de mi escritorio. El lapicero debe estar en el lugar del lapicero, el pisapapeles en el del pisapapeles y el ordenador cubierto con su lona protectora correspondiente siempre y cuando esté apagado. Los folios en el primer cajón y los expedientes en el archivo. Tampoco voy a detallarlo todo.
Hace relativamente poco que he puesto la mesa del lado de la ventana, de modo que al sentarme pueda ver parte del pasillo, las dos puertas de los despachos y el cuarto de la fotocopiadora al frente, con su puerta siempre entreabierta. Antes solo miraba la pared y el reloj solitario colgado desde tiempos inmemoriales en ella. Al principio me ponía de los nervios ver la puerta entreabierta, no lo soportaba, y casi vuelvo a enfocar la mesa contra la pared. Pero hice un esfuerzo por acostumbrarme. Una pared pelada, gris y triste no es buena para mi problema. Es deprimente. Vale, es cierto, todo el edificio es deprimente, desde el portal con un aspecto de caserón viejo que ninguna mujer de la limpieza puede cambiar, hasta el desvencijado ascensor, tan traqueteante que muchos prefieren las escaleras. Y eso que las escaleras son oscuras a más no poder. A menudo me he preguntado por qué las bombillas son incapaces de neutralizar las tinieblas que habitan en esas escaleras. Lo de no haber ventanas es un problema. Tal vez la capa de polvo de las propias bombillas allá arriba, también. Pero, ¿quién va a arriesgarse a colocar una escalera de mano sobre esos escalones putrefactos? Una mujer de cincuenta y muchos desde luego que no. En cuanto a la puerta entreabierta del cuarto de la fotocopiadora, lo que ocurre es que la madera ha cedido con los años, hinchado con el calor o menguado con el frío, dependiendo de la estación. Puede que una mezcla de ambas cosas, a saber. Lo único cierto es que no hay forma humana de que pase de la mitad del recorrido sin quedarse atrancada contra el suelo con un espeluznante chirrido. La marca ya forma parte de la baldosa y es imposible limpiarla.
A mi izquierda hay dos mesas vacías arrimadas a la esquina libre desde el jueves, entre la papelera y mi archivador. Pronto llegarán los becarios, tal vez la semana próxima, y los supervisores tienen que llevarse una buena impresión del lugar de trabajo que ocuparán o pondrán problemas. Por eso Méndez ha hecho traer esas dos mesas, con sus dos sillas de ruedas y sus dos ordenadores de segunda mano, todo apilado, de momento, en esa esquina. Daniel, el informático, los pondrá a punto y creará una red interna entre ellos, el mío y uno que tiene pensado instalar Méndez. Alejo no quiere ni oír hablar. Alejo es de la vieja escuela, lo cual no tiene mucho sentido porque él no es viejo. Claro que todo lo que hace y dice parece no tener sentido y al final resulta que sí lo tiene.

Gracias a PAula Sobral por su estupenda ilustración.